Capítulo # 1

En el momento exacto en el que abrí los ojos, todas las imágenes de la noche anterior me invadieron. Una sensación de arrepentimiento me asaltó y llevé mi mano a la frente en un inevitable gesto de reproche. Vancrux, mi amigo, eres un idiota.

La sensación de la palmada en mi frente me resultó incómoda por dos razones, primero porque activó en mi cabeza un dolor que estaba esperando a que despertara para estallar y recorrer todas las paredes de mi cráneo; en segundo lugar porque la sensación había sido extraña, algo torpe y acolchonada de algún modo. No había sido ese golpe limpio y resonante de autoflagelación por tus actos estúpidos.

Al mirar mi mano supe por qué. Una tela negra de encaje estaba enredada entre mi muñeca y mis dedos, tuve que mirar por segunda vez la tela para darme cuenta de que era una pieza de ropa interior femenina. Ay no, que no sea de ella, que no sea de ella, que no sea de ella.

Mi corazón comenzó a palpitar aceleradamente y mis ojos intentaron responderme una pregunta: ¿Dónde rayos estoy? Miré al frente y a lo lejos vi una pequeña sala con muebles de diseño eficiente. La luz del sol se filtraba por las cortinas extravagantes que contrastaban con la simpleza de los muebles. Allá estaba mi ropa regada por todos lados trazando el camino que me trajo hasta esta cama de tamaño estadio. Noté como piezas de ropa femenina se mezclaban con las mías en el suelo.

Lentamente comencé a girar mi cabeza a la derecha mientras mi corazón palpitaba con fuerza y en mi mente seguía con mi mantra: que no sea ella, que no sea ella.

Lo primero que observé fue la silueta de unas largas y esbeltas piernas blancas cubiertas parcialmente por los dobleces y los pliegues de las sábanas. La luz del sol de la mañana iluminaba en juegos de claros oscuros la habitación, lo suficiente para seguir el camino que formaban todas las líneas de su cuerpo. La forma marcada de su cadera, su cintura y su rubio cabello que se encontraba esparcido por las sábanas. Por último vi su rostro angelical. Dormida como estaba, vi un lado de su cara, su nariz respingada y sus labios finos e increíblemente rojizos. A todas luces esa mujer era una visión fascinante, una muestra magistral de belleza y armonía. Y yo estaba con ella en la cama, con su ropa interior enredada en una mano. ¡Claro que es ella!  Vancrux, mi amigo, eres un completo idiota.

Silenciosamente saqué un pie de la cama seguido por el resto de mi cuerpo, comencé a recuperar mi ropa y a ponérmela lenta y sigilosamente. Y antes de que piensen ¿Por qué este tipo está huyendo de la cama de una diosa? Déjenme contarles un poco la situación.

Ayer fue el cumpleaños número mil trescientos de la mujer que ustedes ven allá dormida apaciblemente. Recibí su invitación hace un par de meses y estaba decidido a no venir, pero sus promesas de una tregua entre nosotros y su palabra solemne de que ningún daño me ocurriría a mí, o a quien me acompañara, me convencieron de asistir y tratar de reparar las relaciones con mi exesposa. Así que ayer en la tarde tomé la tarjeta de invitación y me puse un traje acorde, algo elegante, clásico, costoso y preferiblemente diseñado por una persona que al mencionar su apellido el resto del mundo asienta con admiración.

Cuando me miré al espejo ayer, supe que encajaría bien en la fiesta. Soy un tipo de estatura media; un metro con setentaisiete si prefieres la exactitud, mi piel es del color de la canela, mis ojos son café claros, pero que en ciertas ocasiones tienden a tornarse amarillos. Mi cabello es de una tonalidad castaño claro y trato siempre de llevarlo corto y bien cuidado. La familia por parte de mi padre era gente del Vasto Desierto y del lado de mi madre de Los Profundos Bosques de las Auroras, de eso ya hace siglos también. Si me vieran sin conocerme verían a un hombre joven de unos 26 años que se encuentra en buena forma física, mi rostro es muy serio y mi mirada es penetrante, pocas veces sonrío, de alguna forma estar cerca de mi es incómodo para quienes no me conocen, pues parezco estar de mal humor la mayoría del tiempo. Es mi forma de ser desde muy temprana edad y con respecto a lo que soy, les diré con claridad: soy un humano, un humano que come, respira, duerme y que comete errores como acostarse con su exesposa después de una noche de fiesta salvaje.

Lo primero que voy a contarles acerca de mí, es que no soy ni nunca fui un elegido de ninguna profecía mítica, tampoco nací de un huevo mágico de múltiple poder ni nada por el estilo, no soy un vampiro, ni mucho menos un ser atormentado por una terrible maldición que me obliga a vivir una larga vida mientras las personas nacen y mueren a mi alrededor. Nada de esas cursilerías va con lo que soy. Lo que soy, entre muchas cosas es un Archimago. Sí, la magia es lo mío y practico sus artes desde la niñez. Pero sepan que esa no es la fuente de mi longevidad, ser un Archimago no te hace en ningún sentido inmortal; en su gran mayoría de veces el serlo te conduce a morir pronto, pues no se llega a este rango de la magia por leer libros polvorientos y mezclar pociones en una olla mágica, eso es seguro.

Por ahora basta con decirles que tengo mil doscientos seis años y que mi nombre es Vancrux Seif Reikar, un nombre antiguo de tierras diferentes a las que pisan ustedes, arraigadas en otra realidad, otro universo, y de una época que se conoció en ese entonces como La Era de los Nuevos Héroes. Aunque siempre para mis amigos soy Van.

Encontrar el regalo para mi exesposa Ariadne fue difícil puesto que no podía ser cualquier cosa, debía tener significado para ella. En primera instancia descarté cualquier regalo de índole material. Nada de regalarle una isla tropical o extensas propiedades, nada por el estilo, pues se me hace un regalo de muy poca sustancia o gusto. Además, en este mundo ella posee muchas más riquezas que yo y muchas más influencias también, por lo que se vería como un gesto vacío entre nosotros. Nada acorde con las intenciones de reconciliarme con ella y tener buenas relaciones. Pensé en enseñarle algo de magia, ya que en algún momento fui su maestro, pero descarté la opción porque lo que sea que le enseñe podría usarlo en mi contra como ya pasó en algunas ocasiones. Así que tomé un directorio telefónico y me inscribí en un curso intensivo para crear cerámicas. Durante un mes leí, practiqué y me sumergí en el proceso, para crear una figurilla de ella con mis manos, sin usar mi arte, mi magia.

Creé la estatuilla de tal forma que se destacara su postura; primero la moldeé en una ancha y larga falda blanca abierta por un costado donde se veía una parte de su pierna y una de sus botas largas de tacón. En la parte superior le vestí con una camisa blanca y una pequeña chaqueta: ambas, chaqueta y botas negras, simulando al cuero; puse sus manos en su cintura y su rubio cabello suelto hacia atrás. En su rostro sonriente incrusté dos pequeños zafiros para crear sus ojos. Traté de hacer la estatuilla del tamaño de la palma de la mano, pero terminó quedando mucho más pequeña que eso, casi del tamaño de un dedo meñique. No me pregunten por qué. Yo soy nuevo en esto.

Preparado y con el regalo debidamente empacado me disponía a llamar un transporte que me llevara al hotel. Ya que manejar no es lo mío; encuentro angustiante detenerme y avanzar a pequeños bloques de espacio en los embotellamientos… y creo que sufro de ira de carretera. Si alguien me cierra o me pita en exceso, podría terminar con su auto derretido sobre el asfalto como una vela gastada o sin ningún cristal a un chasquido de mis dedos. Yo prefiero que alguien maneje por mí, es más…sano. No me mal interpreten, si se tratara de cabalgar por una llanura en medio de una batalla, o si el caso fuera el de montar sobre un dragón por los aires mientras sostengo un duelo mágico, estaría bien. Soy para algunas cosas de la vieja escuela.

El ruido de un helicóptero interrumpió mi llamada y al mirar por la ventana vi que el aparato estaba aterrizando frente a mi casa. Al abrir la puerta me encontré con el piloto quien después de presentarse me indicó que venía por mí y mi acompañante. Claramente no pensaba asistir con nadie; ese error no lo cometería sin importar lo que me hayan prometido. Si mi exesposa me viese llegar con otra mujer a su fiesta, no solo echaría mis planes de paz al vacío, sino que condenaría a años de dificultad y miseria a la mujer que me acompañara.

Viajé cruzando la ciudad en un cómodo vuelo desde la montaña donde vivo, hasta un hotel en la playa. Ver la inmensidad de esta urbe llena de luces, edificios y autopistas, me hizo pensar en la guerra que se encuentra allá afuera, al otro lado de las barreras marítimas de la cadena de islas que compone a esta ciudad. Dos alianzas de países combatiendo entre sí por la superioridad mundial, y por la tecnología de esta ciudad como premio final.

Tal vez el mayor problema que podía tener alguien en éste sector de la ciudad, es que escriban mal su nombre en su vaso de café, mientras allá afuera decenas de barcos de refugiados se hunden, y se pierden tratando de llegar a estas islas esquivando la guerra.

Conocía el hotel donde aterrizamos, era uno de los tres más lujosos del mundo. Con más estrellas en su escala que una constelación, no podría ser otro el lugar de celebración. Para el ojo público, hoy se celebraría el cumpleaños de la hija de uno de los hombres más ricos e influyentes del mundo; asistirían desde príncipes y cabezas de corporaciones, hasta políticos y artistas en extremo famosos. Lo significativo era que también en medio de todo ese brillo de la fama estarían escondidos algunos de los peores enemigos que he tenido, tal vez prestos a un descuido para saltar sobre mí.

Todo marchaba bien hasta que ella hizo su aparición. Me había ubicado estratégicamente cerca de una de las ventanas con vista a la ciudad y tenía mi atención en todo el salón. Podía ver desde ahí a algunos representantes de las siete corrientes mágicas en éste mundo, que me miraban con curiosidad. Tal vez porque no sentían ni un leve rastro de magia en mí, para ellos es como si hubiera llegado desnudo a ésta fiesta. Ya había adiestrado a mi mesero con una generosa propina al traerme el primer trago, y mientras levantaba mi vaso y saludaba con un gesto a varios de mis enemigos, que me devolvieron sus sonrisas afiladas, ella entró.

Un silencio previo anunció su presencia y sentí mi corazón latir más rápido. Llegó acompañada de un grupo de mujeres atractivas, pero de alguna forma los ojos de todos se posaban sobre ella. Su cabello largo y rubio estaba recogido de manera que resaltaba las delicadas líneas de su rostro; tenía un vestido negro que permitía ver sus hombros y que técnicamente comenzaba en un elegante escote y su diseño bajaba ceñido a su piel hasta su cadera, desde ese punto caía hasta el suelo en una vaporosa falda. En su cuello descansaba un fino collar de diamantes y en su mano izquierda tenía una joya que me era muy familiar. Un anillo de un metal blanco, con una gran esmeralda hermosamente tallada y brillante.

Esa noche Ariadne estaba vestida para matar. No lo digo únicamente por su belleza, lo digo porque podía percibir fuertes resonancias mágicas que emanaban de su collar y anillo. Se sentían como si yo estuviera frente a gigantescos altavoces en un concierto masivo. Con estos objetos podría fácilmente imponerse a cualquiera en éste salón si así lo deseaba. Su aparición en público no solo era una fachada para los círculos altos, sino que también era una declaración de poder ante todos los presentes.

Tras una larga ronda de felicitaciones y aplausos pude ver desde mi privilegiada posición, como algunos de los enemigos que teníamos en común la agasajaban presentando sus respetos, y de inmediato se retiraban con disimulada premura. Yo debí haber hecho lo mismo.